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domingo, 8 de abril de 2012

100 años del hundimiento más famoso

El crucero más grandioso, rápido, moderno, lujoso y seguro del planeta parte del puerto de Southampton, con bandera de nacionalidad británica. Ha sido construido expresamente para atravesar el Atlántico a mayor velocidad que ningún otro buque, portando en sus fastuosos camarotes a los más adinerados miembros de la alta sociedad mundial. La compañía está orgullosa de su obra maestra y ha dado orden al capitán de navegar a toda máquina hasta el puerto de destino. Será un buen reclamo publicitario. Las tres poderosas hélices del barco ‘insumergible’ mueven las 70.000 toneladas a una velocidad de 25 nudos, cortando las olas como una gigantesca cuchilla. A unas 400 millas al este de Terranova el aire se enfría. La niebla es densa, pero el monstruo mantiene su frenética velocidad. De pronto, el vigía grita con fuerza -y pánico-: “¡Iceberg a proa!”.





Un instante después, la proa choca contra la descomunal masa de hielo y el ‘insumergible’ portento de la ingeniería moderna comienza a hundirse en las oscuras y frías aguas. Y con él dos tercios de los 2.177 pasajeros. No hay botes para todos. Pocos minutos después, el Titán se sumerge en el océano y desaparece de la vista de los 705 afortunados supervivientes.
¿Titán? Sí, han leído bien. La tragedia del hundimiento del Titán fue relatada por el marino y escritorMorgan Robertson 15 años antes del naufragio del Titanic, en 1897. La novela, de título Futility(inutilidad) -reeditada en 1912, unas semanas antes del naufragio del Titanic, con el más sugerente nombre The Wreck of the Titan (‘El naufragio del Titán’)- coincide asombrosamente con el suceso real. No solo en el nombre de la nave, la arrogancia de sus armadores y la causa del desastre, sino también en detalles tan precisos como el puerto de partida (Southampton), la velocidad (25 nudos), el insuficiente número de botes (24-20), el tamaño y el tonelaje (70.000-66.000), el número de supervivientes (705-605) y el lugar del siniestro (a 400 millas de Terranova en ambos casos).
Pero si la novela de Robertson predijo el desastre del Titanic catorce años antes de que ocurriera, el célebre periodista británico William Thomas Stead -pionero del periodismo de investigación- lo hizo con veintiséis años de antelación.
La tragedia del Majestic
El 22 de marzo de 1886, Stead publicó un artículo llamado “Cómo el buque-correo se hundió en mitad del Atlántico, por un superviviente”, en el que un vapor de gran tamaño colisiona con otro barco, provocando una gran pérdida de vidas debido a la escasez de botes de salvamento. “Esto es exactamente lo que podría suceder, y sucederá, si las naves zarpan con pocos botes salvavidas”, añadía Stead.
El periodista y editor aún se acercó más al Titanic en 1892, cuando publicó un relato titulado Del Viejo al Nuevo Mundo, en el que un navío de pasajeros, el Majestic, rescata un puñado de supervivientes procedentes de otro buque que había colisionado con un iceberg. El Majestic era un barco real y en aquellos años se encontraba capitaneado por Edward Smith… el primer y último capitán del Titanic. Sin embargo, la relación de Stead con el Titanic es aún más curiosa y, sobre todo, mucho más trágica. En 1910, dos años antes del hundimiento, dio una conferencia sobre seguridad en los barcos de pasajeros, que ilustró con un dibujo en el que él mismo aparecía como víctima de un naufragio. Una ficción que se hizo dramática realidad en la noche del 14 de abril de 1912. Lo más sorprendente es que Stead no tenía previsto realizar el viaje en el Titanic y fue un conocido futurólogo, W. De Kerlor, quien unos meses antes lo ‘vio’ embarcado rumbo a América y “envuelto en una catástrofe marítima junto a cientos de personas”. Incluso hubo un sacerdote británico que le envió una carta premonitoria sobre el naufragio de un transatlántico en su viaje inaugural.
Más cerca, Señor, de Ti
Pese a todos estos avisos y oscuras premoniciones -o precisamente por ellos- W. T. Stead, adalid del nuevo periodismo, defensor de los derechos de la mujer, abogado de los oprimidos y firme candidato al Nobel de la Paz aquel año, decidió embarcarse en Southampton rumbo a Nueva York en ese portento de la ingeniería marítima absolutamente insumergible. Precisamente el motivo de su viaje era asistir a un congreso de paz, invitado por el presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft. Pero un iceberg se cruzó en su camino. Cuentan los supervivientes que, tras el choque fatal, Stead ayudó a cuantas mujeres y niños pudo para embarcarlos en los botes en un acto “típico de su generosidad, coraje y humanidad”. Después de que todos los botes hubieron partido, Stead regresó a la sala de fumadores de primera clase, donde fue visto por última vez sentado en una butaca de cuero, leyendo parsimoniosamente un grueso libro. Su cuerpo nunca fue recuperado.
Sí lo fue, en cambio, el cuerpo del violinista Wallace Hartley, otro de los héroes del Titanic.
Durante el hundimiento -que se prolongó cerca de tres horas- los ocho miembros de la banda, dirigidos por Hartley, no dejaron de tocar sus instrumentos en ningún momento, primero en el salón y después en cubierta, con la intención de que los pasajeros mantuvieran la calma y la esperanza. Testigos supervivientes afirmaron en su día que la última melodía que interpretaron fue Nearer, my God, to Thee (‘Más cerca, Señor, de Ti’). Ninguno de los ocho sobrevivió. El hecho sorprendente, aparte de su romántico heroísmo, es que el cadáver de Hartley fue hallado con su violín fuertemente amarrado al pecho (había sido un regalo de su prometida), pero al ser repatriado a Gran Bretaña el instrumento había desaparecido. Después de un siglo de misterio, parece ser que ha sido recuperado en fechas recientes y en estos momentos se está investigando su autenticidad, antes de ser subastado (suponemos que por una cifra considerable). La anécdota miserable la pone la propia naviera propietaria del barco insumergible, White Star Line, que cobró a la familia del héroe el coste de la pérdida de su uniforme.
Además del violinista Wallace Hartley, otras 1.516 personas fallecieron en el naufragio; y 705 pudieron ser rescatadas de los botes salvavidas, después de sobrevivir al desastre y a la hipotermia. Era el destino que tenían asignado. Hubo otros pasajeros que también salvaron sus vidas porque el destino, o la bendita casualidad, cambió sus planes de embarcar. Es el caso del que iba a ser segundo ingeniero de a bordo, Colin McDonald, que declinó la oferta debido a un oscuro presentimiento.Condon Middleton tenía su pasaje desde hacía tiempo y una incontenible ilusión por ser protagonista de aquel viaje histórico; pero poco antes de la partida, soñó con el hundimiento del barco dos noches consecutivas y anuló la reserva.
La camarera inmortal
Hubo quien cambió de idea casi con un pie a bordo, como el empresario J. P. Morgan, propietario de la naviera, que canceló su billete a causa de una superstición inesperada. Inexplicable es también el caso del señor y la señora Wanderbright, que habían enviado a su mayordomo a organizar el equipaje en la estancia reservada, pero a escasos minutos de zarpar, decidieron no subir a bordo, abandonando a sirviente y equipaje a su suerte. El propio dueño de la constructora, Lord Gird, que solía realizar todos los viajes inaugurales de sus barcos, no lo hizo en esta ocasión.
Pero el caso más singular quizá sea el de Violet Jessop, que trabajó primero en el barco estrella de la White Star Line, el Olympic… hasta que chocó con un crucero británico; luego fue camarera y superviviente del Titanic; voluntaria de Cruz Roja en la I Guerra Mundial, a bordo del Britannic que fue hundido por una explosión; tras la guerra, regresó como camarera al Olympic, que en uno de sus últimos viajes chocó contra un pequeño barco-faro, matando a siete de sus once tripulantes. Estos sucesos no desanimaron a Violet Jessop, que continuó como camarera marítima hasta que se retiró en 1950. No hay noticias de que hundiera más barcos.
Efecto Titanic
La concatenación de sucesos fatales, que conducen inevitablemente a un desastre -que se podía haber evitado fácilmente- se conoce como ‘efecto Titanic’. Desde luego, tiene su razón de ser:
La causa de que en aquella primavera hubiera tal abundancia de icebergs en la zona de Terranova es doble: por una parte, el desprendimiento inusual de placas de hielo en Groenlandia y, por otra, su desplazamiento a una gran velocidad, debido a una excepcional fuerza gravitatoria de la luna y el sol (la luna alcanzó el punto más cercano en 1.400 años).
Si el Titanic hubiese chocado de proa contra el iceberg, se habría podido mantener a flote, incluso seguir navegando, con tan solo dos compartimentos inundados.
Si el vigía hubiera avistado el iceberg cinco segundos antes, se habría evitado la colisión. Si lo hubiera hecho cinco segundos después, se habría estrellado de frente.
Si el primer oficial, Murdoch, no hubiese dado la orden de marcha atrás, el buque habría pasado junto al iceberg sin tocarlo. Si esa noche hubiese habido viento, o los vigías hubiesen tenido prismáticos, el iceberg habría sido avistado con tiempo suficiente para evitar la catástrofe.
El exceso de confianza y la consiguiente falta de previsión fueron, probablemente, las más culpables de las causas de la tragedia.

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